Ø
Desdoblamiento de la retórica y la
poética
Parecería que el retorno de los modernos al problema de la
metáfora los condena a la vana ambición de hacer renacer la retórica de sus cenizas.
Si el proyecto no es insensato parece conveniente acudir en primer lugar al hombre que concibió filosóficamente la retórica: Aristóteles.
La retórica de Aristóteles abarca tres campos:
a) una teoría de la argumentación, que constituye su eje principal y que proporciona al mismo tiempo
el nudo de su articulación con la lógica demostrativa y con la filosofía (esta
teoría de la argumentación comprende por sí sola las dos terceras partes del
tratado)
b) una teoría de la elocución.
c) una teoría de la composición del discurso.
La retórica murió cuando la afición a clasificar las figuras
llegó a suplantar completamente el sentido filosófico que animaba el vasto
imperio de la retórica, mantenía unidas sus partes y relacionaba el conjunto
con el órganon y la filosofía fundamental.
Lo que hoy leemos bajo el título de Retórica es, pues, el
tratado en que se inscribe el equilibrio entre dos movimientos contrarios: el
que lleva a la retórica a independizarse de la filosofía, si no a
sustituirla, y el que lleva a la; filosofía a reinventar la retórica como un sistema
de pruebas de segundo rango.
Por tanto, habrá que situar sucesivamente
la única estructura de la metáfora en el marco de las artes miméticas y en el de las artes de la prueba persuasiva. Esta dualidad de
función y de intención es más radical que cualquier distinción entre prosa y poesía; es, en
definitiva, la justificación última de la metáfora.


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